De himnos y fútbol

 

Chuta que chuta que chuta o la banda sonora de tus emociones

Jorge Alacid

Aúpa, aúpa el Logroñés/chuta que chuta que chuta… La megafonía de Las Gaunas sonaba como una cascarria en las infinitas tardes adolescentes de cada domingo, pero nos daba igual. No hacían falta altavoces. Podíamos corear ese himno tan marciano de memoria, porque esa música nos pertenecía. Nos identificaba como lo que éramos: párvulos futboleros en busca del himno que diera sentido a nuestras vidas. Chuta, que chuta, que chuta… A quién se le pudo ocurrir semejante letra, pensábamos mientras comíamos pipas en el banquito de piedra que recorría el perímetro del viejo campo, aguardando a que salieran Corcuera o Belaza o cualquier otro dios menor. Esperando a que el Pegaso nos pintase la cara. A que alguna vez ganáramos y hasta subiéramos de categoría, chuta que chuta que chuta.
 

 

El viejo himno me vino el sábado a la memoria mientras asistía en Yuso al pesado protocolo que cada 9 de junio festeja (es un decir) el Día de La Rioja. Sonó la marcha nacional y un par de invitados, como quien perpetra una broma infantil, decidieron sentarse. Yo no soy muy de símbolos, así que me da pereza concederme siquiera unos segundos en interpretar qué significaba aquel desplante, puesto que además siguió una pauta que consiguió despistarme: porque con el himno de La Rioja, sin embargo, los protagonistas de la anécdota de la mañana sí se levantaron. Pero como el protocolo mandaba que el acto se cerrase con el himno de España, cuando volvieron a sonar sus acordes la pareja se sentó de nuevo, entre risas. Chuta que chuta que chuta, concluí yo.

La tonada se me metió en la cabeza. Regresé con ella a casa mientras reparaba en una frase que una vez me regaló precisamente uno de los premiados en Yuso, Pablo Sainz Villegas. La música, el arte más abstracto, toca una cuerda interior con tal sutileza que nos acompaña hasta en sueños, me avisó un día. Llevaba razón. A menudo, salto de la cama tarareando una canción, que luego silbo mientras me afeito. Así que chuta que chuta que chuta, acabé sentado ante el ordenador, cavilando sobre los extraños efectos que un himno provoca entre mis congéneres. Al otro lado de la pantalla me saludaron unos queridos amigos, a quienes interrogué mentalmente: decidme qué se siente, fanáticos de los Hibs, cuando suena vuestro himno favorito. Me dirigía a los devotos del Hibernians, club escocés cuya afición celebra por estos días el segundo aniversario de su día más feliz: cuando se llevaron la Copa escocesa ante el poderoso Glasgow Rangers con un gol sobre la bocina. Más de un siglo sin alzar el título merecía unos gorgoritos a la altura de tal proeza.

El himno, en realidad, fue el de siempre. El viejo hit de The Proclaimers, su pegadizo Sunshine on Leith. Pero no fue el de siempre. Lo entonaron sus fieles, contados por miles, arracimados en las gradas pintadas para la ocasión de verde y blanco, cerrando los ojos. Como yo cantaba mi chuta que chuta que chuta, aunque ellos atacaban sus estrofas con alguna pasión superior. Entre lágrimas, por supuesto. Que contagiaban a sus ídolos, los futbolistas que acababan de recibir el trofeo y desde el palco sumaron sus voces a los acordes memorables. My heart was broken, my heart was broken… Etcétera. Quien tenga alguna curiosidad, puede saciarla deteniéndose ante el vídeo empotrado con estas líneas. Y seguir satisfaciendo su interés tecleando en google la palabra Hibernians, donde encontrará el origen de tanto entusiasmo, esa emoción desmedida.
 

 
Así sabrá que los gemelos Charlie y Craig Reid, nacidos en Edimburgo y convertidos con el paso del tiempo en The Proclaimers, no han permitido que la fama eclipse sus raíces. Porque vinieron al mundo en un arrabal de esa ciudad escocesa, su barrio de Leith. Una zona portuaria que mucho antes alumbró a otra celebridad: su equipo de fútbol. El Hibernians, Hibs para sus fans. Fundado por un grupo de católicos irlandeses, casi nunca ha podido en los últimos tiempos con la hegemonía de Celtic y Rangers, los poderosos patrones de la Liga escocesa. Una pena: su modo de corear el himno merecía otra recompensa. Los Hibs conocieron sus días de gloria a mediados del siglo pasado, cuando comandaba su ataque la gloriosa delantera conocida como ‘The famous five’. Hubo un momento en que el club de Leith pareció una alternativa razonable al dominio que ejercen los dos grandes de Glasgow, pero esa esperanza se fue desvaneciendo. Hoy parece tan extinguida que sus hinchas deben conformarse con alguna púrpura de ocasión. Por ejemplo, superar cada año a sus entrañablemente odiados Hearts de Edimburgo, por ejemplo, en el antiquísimo derbi local, una estupenda excusa para entonar su himno y volver a casa, previo paso por el pub de la esquina para filtrar unas cuantas pintas y reconfortar sus corazones tan rotos. My heart was broken, my heart was broken...  Etcétera.

El fútbol es una religión en Escocia. Tal vez sólo Uruguay compite con los nietos de Braveheart en su pasión por este juego. Cada escocés lleva dentro no sólo un futbolista. También convive en su yo más íntimo con un entrenador. A mí me gusta revisar el vídeo de los chicos del Hibs posando con el trofeo mientras se desgañitan con el estribillo de Sunshine on Leith y tropezar con tantas caras que me empiezan a resultar conocidas, cantando con ellas y reparando, en efecto, en la figura de su entrenador en aquel día para la historia. Me gusta ese tipo. Su corte de pelo, tan anticuado como su traje, me devuelve a los años en que los protagonistas de este deporte se vestían con mayor dignidad. Los tatuajes, por ejemplo, se reservaban sólo para algún defensa central con alma homicida: imposible ingresar así decorado en un vestuario gobernado por este caballero llamado Alan Stubbs, quien apenas se permitió unos segundos para la euforia más comedida. Lo veo recoger su trofeo, la satisfacción contenida en su acabado rostro de héroe de clase obrera cincelado en los submundos del fútbol británico, abrocharse el primer botón de la americana y enfilar hacia el césped. Compárese esta imagen con los gestos hoy tan habituales de histeria y confirme conmigo el improbable lector que cualquier tiempo pasado… Etcétera.

Y dejemos a continuación que el amigo Stubbs y sus chicos, con esa Copa que los Hibs tardaron 114 años en recuperar, afinen la garganta y se sumen al coro que se dispone a alcanzar el clímax de su himno. Las estrofas donde los hermanos Reid rendían en realidad tributo a su barrio, un canto ancestral, que exhibe el orgulloso linaje de la derrotada clase obrera diseminada por Leith, cuando los astilleros todavía garantizaban la carga de trabajo secular y no se ponía el sol sobre sus sueños. Secas sus lágrimas, vuelven a llorar: esta vez, merced a un gol casi en el descuento. Y por supuesto dan las gracias. Como yo. También tengo las lágrimas secas por el memorable chuta que chuta que chuta. Y por supuesto doy las gracias. Al inventor de Youtube. Porque así paseo la mirada para observar cómo otros clubes británicos transformaron antes que los Hibs añejos temas pop en el cántico propio de sus gradas. El Liverpool, desde luego, que nunca caminará solo. O el City, con los hermanos Gallagher entonando eso de Blue Moon. Veo también en el ordenador que los seguidores de la selección norirlandesa han convertido el aclamado Sweet Caroline de Neil Diamond en su particular banda sonora. Y no olvido aquella tarde en el estadio de Upton Park, cuando esperaba a que salieran los chicos del West Ham y sus incondicionales les saludaron cantando eso de I’m Forever Blowing Bubbles…
 

 
Apago la pantalla. Compruebo que también por la Liga española se ha puesto de moda eso de corear (a capela, incluso) el himno del equipo local como una forma de amedrentar a los rivales y reivindicar la pertenencia a la tribu. Dos símbolos. Símbolos que las buenas gentes tararean de pie. Aunque se pueden seguir desde la butaca, por supuesto. O sentarse y ponerse de pie simultáneamente, según un protocolo interior que yo renuncio a entender. Ya he dicho arriba que no soy muy de símbolos, pero tengo que desmentirme. Siendo sincero, debo confesar que siempre escucharé de pie todo himno. Porque he concluido que esos acordes tienen alguna importancia para quienes los escuchan a mi lado, para quienes siguen sus compases con el zapato y se animan incluso a cantar su letra. Y porque así es como yo escucharé siempre aquella vieja tonada, chuta que chuta que chuta, desbordante de dignidad y de respeto. Al menos hacia mi memoria y hacia la de otros tantos. Yo me pongo ante cada himno de pie, incluso aunque esté sentado.

 

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