Empate invernal

Vitoria, 0 – UD Logroñés, 0
La falta de eficacia ante la portería contraria lastra de nuevo a la UD Logroñés lejos de casa

Los blanquirrojos compitieron al máximo sobre el barro de Olaranbe y lograron por fin no encajar gol alguno

@smorenolaya. VITORIA. Crónica publicada en Diario LA RIOJA. 

La ocasión más clara la tuvo Carles Salvador, y al rechace Espina. Areitio voló en dos ocasiones. Fernando Díaz

Olaranbe huele a ese ‘cenaco’ característico que todo buen riojano ha olido alguna vez: en la huerta, junto a la charca de ese río casi seco y estancado de un verano cualquiera. Es ese barro corrompido, en ocasiones nauseabundo, que garantiza una buena arcada si no fuera porque forma parte de nuestros recuerdos de niñez. Es un barro pesado, frío, de moscas y libélulas, que requiere de dos duchas bien calientes para que se desprenda del cuerpo y regrese a donde salió, por el sumidero. Así es el barro de Olaranbe, que surge tras cada pisada, tras cada cambio de ritmo. Después de un giro, más barro; de un regate, más barro. Barro en el Grupo II. Y la verdad, ya iba siendo hora. La esencia está en los pequeños detalles.

Fútbol lejos de los campos de hierba artificial que convierten los inviernos en artificios de tiempos pasados. No es nostalgia. Es tibia, hueso, taco de aluminio. Es fuerza, entrega, lucha a la espera de un instante de lucidez. Y de todo eso puso el Vitoria –o el Eibar B–, y también la UD Logroñés, para dejar claro que la seda también tiene el poder de absorber el barro. Hasta cierto punto. Hasta donde llega el físico de los jugadores más determinantes, más cómodos, obvio, en el fútbol salón que sobre el ‘cenaco’ invernal de Olaranbe, casa del Aurrerá.

Santos conduce la pelota ante la atenta mirada de los seguidores riojanos. Fernando Díaz

Caneda, Remón, Santos, Ramiro… estos aceptan el reto con sumo gusto. ‘Disfrutan’ en el lodazal. Se manejan con tensión, como pensando que ya iba siendo hora un poco de salsa tras tanto césped impoluto. Otros, como Rayco, Muneta, Salvador… llegan hasta donde pueden. Hasta un poco más allá de la hora de partido. Que fue tiempo suficiente para haber ganado los tres puntos, que hubieran situado a los riojanos entre los mejores, donde deben estar. Fue una primera mitad de seda en el barro que debió significar una nueva victoria pero que se torció una vez más por la falta de acierto.

Falló Marcos André antes del primer cuarto de hora; lo hizo también Carles Salvador y Pablo Espina sin haber cumplido la media hora de juego, y se convirtió en protagonista principal, un portero, Areitio que realizó en una misma acción las dos paradas del curso. Jugó en el barro de su meta para sacarle la celebración a Salvador y frustrar más si cabe a Espina, doctor en estos jardines embarrados de su Les Caleyes. Pero no se acertó, y Rayco se fue apagando, pues la seda absorbe el barro hasta cierto punto. Luego queda manchada, arrugada, irreconocible. Olaranbe como gesto impropio ante un Rayco capaz de recortar en un palmo al mismo diablo, para decirle con elegancia que mientras el césped lo permita aquí está él para llevar el balón hasta donde haga falta.

Grada riojana en Olaranbe. Fernando Díaz

Fue en la primera parte, con lluvia intermitente, cuando mejor jugó el partido el equipo visitante, mientras la hierba cubría en gran medida el cenaco de su interior. Fue brotando el barro y se fueron apagando los recursos para dejarlo todo en manos de un Marcos André capaz de volar también por encima de las huellas ajenas. En esas dos contras pudo llegar en la segunda parte el tanto de la victoria. Pero tanto Carles Salvador como Rayco prefirieron tirarse al barro ante que intentar el remate final. Salvador resbaló dentro del área al tratar de asegurar demasiado su disparo; y Rayco, exhausto, cayó de maduro a falta de escasos minutos para llegar al final. Los cuatrocientos seguidores riojanos pidieron sendos penaltis. El colegiado acertó.

Para el impulsó final, Sergio Rodríguez lo intentó con Ñoño, con Paredes, y con Dani Gómez, el joven jarrero que debutó algo más tarde de lo que a buen seguro requería ya en esos momentos el físico de Pablo Espina. Se intentó por abajo, por arriba, por la izquierda y por la derecha, sobre todo en la primera parte; y en la segunda se comprendió que ante todo era necesario, por fin, cerrar un partido con la portería a cero. Competir desde la protección de la meta de Miguel. Y se consiguió, pese a que el fallo habitual llegó esta vez en una mala decisión de Ñoño. Y el rival suele aprovecharlo. Estuvo cerca de llegar la derrota. Koldo Obieta disparó al palo y se marchó fuera. Es lo único del Vitoria en ataque, poco, casi nada. Suficiente para sus intereses. Escaso de nuevo para unos riojanos que juegan hasta cuando pueden, compiten en todo momento, pero que no aciertan con la constancia habitual que requieren estos partidos lejos de Logroño.

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