La chilena de Hugo Sánchez

Cualquier tiempo pasado fue sencillamente pasado, como la chilena de Hugo Sánchez

@smorenolaya. Logroño.

Los riojanos hemos podido ser millonarios y no lo hemos visto venir, y por tanto aprovechar. Otra oportunidad perdida. Maldita sea.

Si cada vez que nos han recordado al difunto Logroñés nos hubieran dado un céntimo, solo un céntimo, quizás las respectivas deudas con Hacienda, con la Seguridad Social y con todos esos muchos acreedores que hacían cola en los juzgados hubieran sido solventadas antes de aquel 18 de enero de 2009. Pero no sucedió así. Importante: esto no sucedió así. Nadie salvó al Logroñés. No lo hicimos, ni en lo individual ni, por supuesto, en lo colectivo. Como sociedad, que con tanto orgullo tira de nostalgia para recordar lo que fuimos una vez y que ahora no logramos alcanzar, fracasamos… o no, porque sabido es que el riojano es virtuoso en labrarse su propio camino. Y al resto que le zurzan, reacción lógica a una tierra de paso entre el norte y la meseta: ni tan norteños ni tan mesetarios.

As.

Es más, compartimos la sensación de que la fortuna en lo personal hubiera crecido de forma exponencial si ese riojano de a pie que presume a la menor oportunidad de su paso por Las Gaunas en los tiempos de Primera nos hubiera dado otro centimillo. Más ricos todavía. Porque todos cantaron el famoso “¡gol en Las Gaunas!” que recorría los siete valles riojanos en feliz algarabía. Todos, obviamente, cenamos con Polster; todos vimos la chilena de Hugo Sánchez; todos viajamos a Zaragoza, a Pamplona o a Vitoria siguiendo al equipo; nadie falló en Toledo; todos celebramos en Las Gaunas el gol de Pita; todos vimos a José Ignacio en el Calasancio; todos reconocimos la gestión del abuelo, porque aquí nadie le pitó… una vez visto lo que vino después; todos sentimos el golpe en el pecho de la mano de Aimar; todos quisimos salvar al Logroñés pero no nos dejaron; todos presumimos alguna vez de la imagen, hoy hipster, de Abadía… Y, claro, nadie tuvo la culpa de que se produjera el hecho natural del Logroñés, porque todos supimos con el cambio de milenio que lo mejor para Logroño y para La Rioja era su desaparición. Hay que recordar que Las Gaunas, el viejo, se llenaba partido sí y partido también, y si al final de su vida eso no sucedía era por culpa del propio Logroñés, no por la nuestra, demasiado acostumbrados a lo bueno como para ir arrastrando el cansado cuerpo por los campos de Segunda B y de Tercera. Hay que recordar que no había cadena musical regalada que impidiera ver las largas colas para hacerse socio. Y admiramos la pelea del Oviedo por ganar tiempo a su drama, o la del Castellón, o la del Sporting, o la del Recreativo, o la del Hércules….

Clarín.

Son todos estos recuerdos los efectos nocivos del paso del tiempo. A veces, de pura nostalgia, subidos al carro de las emociones, confundimos nuestra propia realidad. Porque aun hay gente que piensa que cualquier tiempo pasado fue mejor, por malo que éste haya sido. Todos quisimos que se hiciera un nuevo estadio porque el viejo era realmente incómodo. Y ahora es cierto que estamos cómodos, pero es un campo frío, de plástico, sin alma, sin tensión, de hormigón, está sin acabar… porque no se llena nunca, porque como el viejo Las Gaunas no ha habido estadio mejor. Porque ya no juega el Logroñés.

Y uno que viaja por la España balompédica del infrafútbol más cruento observa con sorpresa y admiración sincera cómo en Burgos, por poner un ejemplo, se topan con su pasado ochentero y alucinan con que en otros lugares hayan sido capaces de modernizar sus instalaciones, mientras ellos le dan mil vueltas al incómodo y vetusto Plantío, que no pasaría una inspección sanitaria, pero, ojo, tiene el poso de la historia a ojos de un visitante poco habitual que pretende aglutinar argumentos contra el fútbol moderno. Una aclaración, el Burgos no es el Real Burgos, el histórico, el que iba de camiseta roja y calzón blanco, pero poco importa. Y hay más burgos que logroñeses en la actualidad. Pero esto poco les importa. Sobre todo les preocupa y les ocupa una sola cosa, mirar hacia el presente y el futuro: que siga habiendo fútbol cada quince días, que es un asunto ciertamente elevado, conscientes, quizás, locos ellos, de lo importante que es una grada para una ciudad, y lo mucho que cada uno puede y debe hacer para cuidarla, a las buenas y por supuesto a las malas. ¿Qué sería un domingo burgalés sin fútbol? Hazte cargo del asunto.

Marca.

Los riojanos sin embargo debemos lidiar cada fin de semana con la nostalgia llevada a unos extremos que incapacitan, paralizan e impiden el progreso, que es efectivamente lo que necesita toda región, en sus artes y sus artistas, en sus políticos y sus políticas, en sus gentes y en sus calles, en sus infraestructuras, y, por supuesto, en sus deportes y deportistas, reflejo como poco del desarrollo de una región. Y aquí, claro, también suspendemos. Porque ya no juega el Logroñés.

Es la manifestación a la que se aferran muchos para negar la mayor: que su nostalgia está plagada de recuerdos agrandados por el paso del tiempo como mecanismo de defensa ante el vacío interior que sienten. Y esto se respeta, pero no se comparte. Las Gaunas era un estadio con encanto, pero viejo. Hubo que regalar minicadenas de sonido para animar a la gente a hacerse socio. Venían el Madrid o el Barça y el campo no se llenaba. Recuerda: “Son unos ladrones, yo ese dineral no pago. Además, para una vez que nos ponen en la tele”. Había hasta gente que presumía de colarse como si fuera su propia casa. Los escribientes y narradores de la nostalgia blanquirrojas no te contarán cuando al equipo se le pitaba en Primera, o se le daba la espalda en Segunda. No te hablarán de las pedradas a Boronat, de los insultos a los jugadores (incluidos los Setién, los Abadía, los José Ignacio, los Lopetegui…) ante derrotas habituales y hasta lógicas… Hablan esos que se paseaban por Logroño con el chándal del equipo sin formar parte del staff en un tiempo en el que no se sabía ni qué era eso del merchandising, y donde el estraperlo lo manejaban unos cuantos con orgullo de pertenencia a no sé qué clase de club.

Y así estamos, paralizados por la nostalgia, aguardando no se sabe muy bien el qué, presumiendo de que no acuden a Las Gaunas porque “aunque me gusta el fútbol, ya no juega el Logroñés”. Y para su desgracia, ni va a jugar. Y ojalá fuera algún tipo de acción filosófica conjunta que permitiera ofrecer una visión novedosa al resto de seres humanos acerca del dominio de la muerte sobre la vida. Pero me temo que no llega a tanto. Son, a buen seguro, los mismos que hoy han defendido que la chilena de Cristiano Ronaldo se queda a años luz de la que firmó el mismísimo Hugo Sánchez, que tuvo la suerte de marcarle su mejor gol al Logroñés. De lo contrario su chilena no se recordaría.

Marca.

Y quizás lo fue: por técnica, por esfuerzo, por presión, por la calidad del centro… Vete a saber. Pero hay una cuestión indudable y determinante en la vida, el paso del tiempo. Por eso me resiste a ser un viejo nostálgico, para evitar decir aquello de que como Messi no habrá ninguno igual, o que este equipo ya no es el auténtico, o que… Espero seguir pensado que cualquier tiempo pasado fue sencillamente pasado, como la chilena de Hugo Sánchez. Mientras, durante unas horas, disfrutaré con la de Cristiano Ronaldo, atento, eso sí, a lo que está aún por llegar.

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