Mucho Quique (oe)

De cómo Setién se disfrazó de mago en Heliópolis al servicio del Logroñés… y ahora reaparece como comandante en jefe del ejército verdiblanco.

@JorgeAlacid1

El dios del fútbol sí juega a los dados. El azar se precipita tan a menudo sobre la cancha y aledaños que el aficionado conspicuo tiende a pensar que tal acumulación de casualidades en realidad responde al espíritu lúdico propio a todo juego, donde las carambolas no sólo son pertinentes. También son inevitables. Arrebujado en el taxi que pilota un fan de Curro Romero en dirección a Heliópolis, así voy cavilando para mis adentros sobre la extraña pirueta que el destino anuncia al fondo de la avenida de La Palmera. José Luis Romero, el hombre que apenas hace unos meses condujo al Logroñés a coquetear con Europa, aguarda hoy como entrenador del Betis. Y su rival es el mismo equipo que, ahora dirigido por David Vidal, se dispone a amargarle la tarde. Porque hay partidos que parecen imaginados por John Ford. Partidos que son como películas con segunda parte. Con  pistoleros crepusculares, un destino de tragedia griega y una cuerda de secundarios memorables.

Quique Setién contra el Betis en el partido jugado en Las Gaunas. / L.R.

Hablando de secundarios. Les presento al boina que recibe en la puerta del estadio dispuesta para la prensa, donde expide un papelito muy parco en detalles. Una acreditación tan magra en datos que parece falsa. Lo cual obliga al periodista a peregrinar de vomitorio en vomitorio, medio perdido entre aquel laberinto de escaleras truncadas, pasillos infinitos y empleados verdiblancos hablando en un andaluz tan perfeccionado como cerrado, jerga que complica hasta el absurdo los vanos intentos por acertar con la tribuna reservada (en teoría) para la prensa visitante. Avanza el reloj. Suenan los clarines que anuncian el partido. Y yo acabo mi deambular junto al palco presidencial, donde me topo con un trabajador del club hilando la hebra con otro compañero, tocado como él también con gorrilla, a quien tengo que interrumpir. Me toma la matrícula con ese ojo bien entrenado del currante con demasiada mili, comparte su escepticismo con su colega y entre los dos emiten su dictamen.

-Aquí pone que su acreditación es de libre acceso. Así que no hay nada más que hablar.

-Perdone, pero es que…

El tipo se mosquea. “Le digo que pone libre acceso”, avisa. Y añade una pregunta retórica que se hace a sí mismo mirando hacia el cielo infinito: “¿Y qué significa libre acceso?”. Las preguntas retóricas, ya se sabe. Llevan respuesta incorporada de saque, que nuestro hombre encadena a su propio soliloquio. “Libre acceso quiere decir que usted se puede sentar donde quiera. Allí, por ejemplo”. Y señala hacia uno de los fondos, ocupados por los talibanes del Betis. No parece buena idea. “O ahí, por ejemplo”. Y ahora apunta hacia el mismísimo palco, mientras añade: “¿Que se quiere usted sentar en el palco? Pues libre acceso. ¿Que se quiere sentar en la silla de don Manuel? Pues libre acceso también”.

El partido contado en el periódico del día siguiente.

Don Manuel, sobra decirlo, es el caballero apellidado Ruiz de Lopera, ídolo muy venerado por los suyos, presidente del club a la sazón. De modo que ocupar su poltrona tampoco parece una ocurrencia fetén. A esa conclusión llegué a la vez que ese colega del empleado retórico y filósofo (escuela estoica). Que resultó ser su jefe, a quien no contravino mientras hablaba… aunque a continuación me tomó del brazo, guió hasta la jurisdicción vecina y aposentó en (por fin) la tribuna de prensa. Con un leve matiz: era la tribuna de prensa, en efecto. Pero local. Donde ingresé entre miradas de estupefacción de los veteranos de la casa, me reservé un rincón en la zona más discreta y me dispuse a vivir uno de los más formidables espectáculos que aún pueden celebrarse en el planeta futbolero: asistir a un partido del Betis comentado en voz alta por sus periodistas más incondicionales, donde el concepto objetividad permanece afortunadamente vetado. Un festival de ingenio, retranca, ironía sutil y sarcasmo feroz. Un homenaje al buen humor. El que surge de manera espontánea y natural cuando sus protagonistas tienen que pronunciarse no sobre la felicidad que sigue a toda victoria, sino sobre lo que vimos a continuación: la derrota de su equipo. Pero no cualquier derrota. Una derrota inapelable, amargamente irremediable.

Porque mis compañeros de tribuna supieron pronto que su Betis estaba destinado a fracasar en aquella tarde de febrero casi veraniega. Lo supieron en cuanto bajo su cristalera vieron asomarse a un conocido camarada de cuitas verdiblancas, cuya presencia en el Villamarín se vinculaba férreamente con la derrota. Desde que lo avistaron, se pusieron a temblar. “No hay nada que hacer”, concluyeron en voz alta. Evidencia que compartió conmigo el colega Tomás Furest, presente en el santuario bético como jefe de deportes de El Correo de Andaluz. Quien a su condición de inmejorable cronista y estupendo caballero andaluz, unía como timbre de honor su militancia en eso que ahora llaman los pedantes el beticisimo. Quiere decirse que profesaba la fe en la diosa Heliópolis más allá de todo sentido común, aunque no hasta el punto de ceder al funesto vaticinio expresado por sus compañeros de tribuna. No. Fulanito (no recuerdo su nombre) era gafe. Un cenizo sin paliativos. Si acudía al estadio, derrota segura. De repente, el estadio se convirtió para todos esos periodistas béticos en el infierno de Dante: abandonad toda esperanza.

Porque aquel Betis-Logroñés de Copa del Rey se había transformado en una cita con el destino trágico, fatídico. Ni José Luis Romero, aquel elegante entrenador que te saludaba con una inclinación de cabeza cuando te tropezabas con él por la Gran Vía, encontró antídoto contra su forofo el gafe. Y la muchachada de Vidal, que venía de empatar sin goles en Las Gaunas, liquidó cualquier debate con un gol de Salva nada más iniciarse el partido de vuelta. Un gol que parecía de videojuego, lo cual tiene mérito: aún no se había inventado la Play Station. Toque, toque y más toque, hasta que un pase filtrado deja al elegantísimo y veloz defensa catalán frente al portero. Y cualquier otra discusión en la tribuna terminó de quedar sepultada cuando moría el partido y el joven Aguilá descuartizaba la portería bética, aprovechando otro pase de ensueño. Sí, el destino es caprichoso: el asistente de ambos goleadores blanquirrojos fue el mismo futbolista que hoy tutela el banquillo verdiblanco como entrenador. Quique Setién.

Mucho Quique (oe) para muy poco Betis aquella tarde tan pródiga en supersticiones como en buen fútbol. Los periodistas locales iban compitiendo en chanzas mientras avanzaba un duelo que, en efecto, lo fue para ellos: un duelo mayúsculo. El Logroñés destrozó al equipo de Romero, incapaz de encontrar un resorte que detuviese aquel repaso inmisericorde, con protagonismo activo del diez blanquirrojo. Porque Quique hizo lo que quiso con el Betis, lo cual fue premonitorio: veo ahora a su equipo por la tele y compruebo que hace lo mismo. Lo que quiere. Lo que le apetece a cualquier buen degustador de buen fútbol. Un juego armonioso, por encima a veces del talento de sus futbolistas, que mezcla veteranía y juventud con el mismo propósito: dominar y no ser dominado. Someter al rival con un recital de pases y más pases que lo deje tan atolondrado como acabó hace unos días nada menos que el Real Madrid, nada menos que en Chamartín. Un carrusel de toques en el descuento que concluyó como merece una propuesta tan atrevida: con la pelota en la red.

Imposible no relacionar esa victoria con la tarde memorable de 1991, coronada por las risas resignadas de mis colegas béticos. Antes de que acabara el partido, el cenizo abandonó su silla, momento que ellos abrocharon con una ovación inolvidable. Con mi acreditación (de libre acceso: por alguna esquina de casa debe andar todavía) en el bolsillo, yo también abandoné el estadio mientras a ese frenesí de tantas y tantas risas se unía en mi caletre la música que acababa de escuchar. La sinfonía de Quique Setién. La misma que interpretó el año pasado en Las Palmas, con bastante éxito. La que ejecuta hoy al frente del Betis, lo cual traduzco como una señal que me manda el dios del fútbol, ese que no juega a los dados: puesto que el amado Barcelona parece sucumbir al extraño encanto del flequillo de Puigdemont, vuelvo a sopesar la posibilidad de buscarme equipo nuevo donde depositar mis complacencias.

El Betis, por supuesto. Por lealtad a Quique Setién. Y porque es el único equipo que una vez me garantizó libre acceso.

3 Responses

  1. alfredo dice:

    gracias sr Alacid por su articulo sobre quique setien y enhorabuena por el premio que le han otorgado. me gusta mucho como escribe, le he felicitado mas de una vez. Gracias otra vez.

  2. José Luis Mauri Alarcón dice:

    Magnífico artículo. Divertido y , al mismo tiempo, profundo. Gracias. Un bético.

  3. Jorge Alacid López dice:

    Muchas gracias a Alfredo y a José Luis Mauri. Un abrazo a ambos

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