Olor a leyenda

Enrique Ortego, Quini y Félix Andrés en Las Gaunas en el año 1989. Diario La Rioja

@smorenolaya.

Redondo me olió como a colonia de bebés, a Nenuco, concretamente. A esa colonia con la que toda madre de los ochenta fijaba con esfuerzo los remolinos infantiles de un cabello por caerse. La raya a la izquierda perfectamente marcada y para clase con fragancia a jardín de infancia. Imposible hacerse respetar en aquel vetusto Gonzalo de Berceo pareciendo un niño de la posguerra.

Lo recuerdo: Redondo me olió a jardín de infancia aquella tarde previa cuando visitó hace ya muchos años Los Agustinos de Haro para jugar el que a buen seguro fue uno de los últimos choques del Real Madrid disputado en tierras riojanas. Olía a Nenuco que tiraba para atrás. Y el mediocentro más rudo y elegante de Primera, un mito en activo por aquel entonces, se me cayó en pedazos de vuelta para casa. Desde aquella visión, a Nenuco no podía oler un tipo que presumía de ser argentino y sacar los codos como pocos, además de manejar la pelota con gran plasticidad.

A un amigo le pasó un caso parecido, pero más bien al contrario, cuando conoció y acabó ‘prendado’ por la presencia, la planta y el aroma de Jorge Valdano. «Olía increíble», me contó. «No sé, fijo que le hacen la colonia a medida, porque Valdano no puede oler como el resto de seres humanos».

Es el riesgo que corre sin saberlo todo mito al que solo se accede a través de los periódicos, la televisión o la radio… y como mucho en directo desde la distancia enorme entre la grada y los futbolistas. Para un mito que su olor no esté a la altura de su leyenda es casi tan grave como que un niño se pida una camiseta de un equipo en lugar de un balón de fútbol y unas buenas botas (y ya está pasando). Redondo olía a colonia de bebés mientras que Valdano a perfume hecho a su medida. Quini, sin embargo, olía a café, a after shave Nivea, y a Mareo.

Enrique Castro, Quini, olía a la altura de su leyenda. Visto en cromos, en algunos resúmenes y sin edad para recordarle en activo, Quini me olía hasta que pude conocerle a barro, a espinilleras caídas, a taco en el muslo, a cigarrillos en el vestuario, a salto dentro del área, a remate feroz, a arrancadas salvajes… Quini me olía a sensatez, a fidelidad, a aplauso en todos los campos del aquel cemento roído. Quini, al que no recuerdo jugando, me olió aquella mañana a café, a Nivea, a Mareo y a familiaridad. Removía su tacita de cortado con una cucharilla. Ajeno a todo pero atento a todos.

La UD Logroñés jugaba en Mareo aquella mañana. En el bar de la instalación, todo discurre entre cafés, tortillas de chorizo, lomo rebozado, alguna caña, ninguna sidra; la mañana futbolera transita por las típicas rajadas entre dientes por el mal resultado del día anterior del primer equipo, por la falta de oportunidades para los canteranos… Una mañana que se para automáticamente por la presencia habitual de un mito al que cualquiera podía olerle sin problema alguno.

Con su café dando vueltas, Quini se interesó por mis bártulos. «Chico, ¿y vienes tú solo?». Miré hacia atrás, no había posibilidad de quedar en ridículo, y asentí con sorpresa atento al teatrillo que movía: mesita de camping, maletín, mochila y alargadera. «¿De dónde vienes?». «De Logroño». «Buena gente por allí». Así arrancó un café extraordinario. Diez minutitos con un mito al que fue imposible preguntarle casi nada: hablaba conmigo, con el otro, con el de más allá; hablaba con los de casa y con los de fuera, que le pedían discretamente una foto. Fue un café en solitario pero al lado de un mito querido en toda España. Un café sencillo, como Quini. Fue el café de Quini con un niño que no tuvo la posibilidad de recordarle de corto. Fue un café que ojalá hubieran disfrutado todos nuestros padres, para los que este asturiano les representó en cada uno de sus partidos, de sus gestos, de sus goles, de sus palabras y de sus sonrisas. Es el olor imborrable de una leyenda.

Bonus track: “Estoy viendo a Quini”, le escribí por Whattsapp a Raquel. “¿Y qué haces con el de ‘Compañeros’?”. Emoticonos de sorpresa, de enfado, de alguna carita de carcajada hacia Logroño. “Quini, el futbolista; no Kimi, el actor”. Claro, le parecía raro que Kimi fuera del Sporting. En fin, aunque lo pueda parece, el fútbol no lo ha conquistado todo.

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