Una foto vale más que mil goles

Defensa del fotoperiodismo al servicio del fútbol: homenaje (póstumo) a Emilio García, infatigable seguidor (y retratista) del añorado Logroñés

Foto de Emilio García.

@JorgeAlacid1

En un periódico de España, de cuyo nombre no quiero (ni debo) olvidarme, ejercía como jefe de talleres un atrabiliario personaje cuya manía principal se desataba cada tarde de fútbol y consistía en lo siguiente: cada vez que le entregaban para su fotocomposición una página donde algún grupo de futbolistas festejaban un gol pero en la imagen no se veía la pelotita entrando en la red, aquel legendario caudillo de la rotativa aportaba su propia dosis de creatividad. Tenía la foto de un balón siempre dispuesta en el bolsillo de su guardapolvo, que situaba allá donde le parecía que añadía un suplemento de emoción a la foto original. Nadie pudo convencerle jamás de lo impertinente de sus afanes y cutre resultado final: foto de gol sin balón que veía, pelotita que le endiñaba. Lo cual garantizaba, según cuenta los testigos de semejante desvarío, broncas mayúsculas con el fotógrafo autor de cada imagen al día siguiente, cuando el autor de la instantánea comprobaba despavorido el fruto de su trabajo manipulado por aquel zar de la plancha y el astralón. Zapatiesta ciclópea, amenazas varias y hasta el lunes siguiente.

Foto de Emilio García.

Sirva tan remoto preámbulo para justificar estas líneas que aspiran a homenajear como se debe a una especie a menudo marginal: el fotógrafo deportivo, versión futbolera. Que sobrevive, por supuesto, aunque sin el punto de púrpura del blanco y negro, lejanos los días en que sus antepasados inauguraron esta vertiente del fotoperiodismo que tantas satisfacciones reporta a quienes nos confesábamos devotos de ambas ramas de la vida, el periodismo y el fútbol. Y los recuerdos se disparan en dirección a esa anécdota arriba relatada y a otras emparentadas mientras repaso las páginas que acaba de entregar a la imprenta con gran éxito de crítica y público el amigo José Luis Gilabert, actor principal que fue en las hazañas de aquel querido Logroñés, en la época gloriosa de cuando aún se llamaba así: sin apellidos. Porque ocurre que en sus páginas he tropezado no sólo con mis propios recuerdos, camuflados de emociones, sino con el relato del desempeño ejemplar de otro actor fundamental para entender aquellos maravillosos años. El llorado fotógrafo Emilio García, con quien tuve la dicha, el placer, el privilegio y el honor de emplearme a fondo para contar las desdichas (y también algún momento feliz) de aquel corazón compartido que bombeaba en blanco y rojo. Y perdón por la cursilada.

Emilio, en primer plano; Jorge, de escudero… Ambos en la bodega jerezana de Marcos Eguizabal.

Viene a cuento esta digresión porque el propio Gilabert confesaba cuando presentó a su criatura recién nacida que se animó a escribir su libro harto de tropezarse por Logroño y alrededores con jovencitos que lo ignoraban todo sobre las mejores aventuras del titular de Las Gaunas. Alguno incluso desconocía que una vez jugó en Primera División, fíjese usted qué cosas. A mí me ocurrió algo parecido hace unas semanas: encontrarme con un forofo blanquirrojo, colega en el oficio del periodismo, que se admiraba de aquellas fotos que durante años colgaron como una cenefa sobre la barra del Blanco y Negro, faro de la calle Laurel. Y que ignoraba que detrás de semejantes fotones, inolvidables como se ve para una generación de hinchas del Logroñés, se ocultaba el genio de Emilio. El bueno de Emilio, a quien el querido compañero Rodolfo Aguado me presentó hace un par de glaciaciones en estos términos: “No se te olvide nunca que Emilio es sobre todo una gran persona”. Lo era. Oculto bajo sus sempiternas ‘Reyban’ negras, parapetado tras su sonrisa de duende, peregrinando como podía por una vida que le trató tantas veces sin misericordia, Emilio resultó ser en efecto un admirable ser humano. Y un estupendísimo fotógrafo.

Foto de Emilio García

De su valía profesional hablan desde luego sus fotos. Aquellas que algún alma cándida todavía recuerda colgadas del Blanco y Negro y las que ilustran estas líneas, que algo tienen de homenaje póstumo. En vida obtuvo también algún reconocimiento. No sólo el humilde testimonio de quienes solíamos alabar su trabajo (aunque a Emilio le incomodaban los elogios, que diluía con rapidez mediante el ingenioso método de restar méritos al contenido de sus carretes y centrarse en la parte anecdótica de su quehacer), sino que sus colegas riojanos también le allegaron su propio tributo, una vez jubilado de sus andanzas profesionales, que le llevaron de La Gaceta a El Correo. Pero ojeando instantáneas tan potentes como ese codazo de Fradera a Moreno que ilustra esta pieza, vuelvo a ver a Emilio en su cuartito o en la habitación de un hotel (el lavabo, más concretamente) colgando con pinzas de tender sus carretes ya positivados en medio del apestoso olor a líquido de revelado, luego de ampliar la imagen para comprobar que en efecto tenía LA FOTO. Con mayúsculas. LA FOTO fetén, la de portada. Lista para ser publicada y conseguir lo que debería conseguir todo fotógrafo: desvelar lo que nadie más ve. Y le veo proclamando al improbable interlocutor, el lector anónimo, su norma fundamental, su principio no escrito, la frase célebre según la cual “los goles ya los verán esta noche en Estudio Estadio mucho mejor que yo”. La sentencia que Emilio firmaba como solía. Sonriendo para sus adentros, según la costumbre antedicha: sin darse importancia. Ya hablaban por él sus fotos. Esas fotos que a menudo valía más que mil goles.

Foto de Emilio García.

A su clase como fotoperiodista añadía Emilio otros atributos como ejemplar ser humano, militante en uno de mis linajes favoritos: el ser humano divertido. Todavía hoy, deambulando en coche por el solar patrio, me sorprendo riéndome solito mientras atravieso algún recodo de cierta carretera y recuerdo alguna de sus anécdotas más acabadas, algunas conocidas sólo de oídas, lo cual añade una aureola de leyenda. Aquella entrada triunfal en el Insular de Las Palmas, por ejemplo. El simulacro de atraco en una sidrería, por citar otro caso. El numerito que perpetraba en el 103 cada vez que parábamos a repostar o la escena que ejecutó en cierto restaurante navarro, donde se hizo pasar (con éxito) por el árbitro que se disponía a pitar el Osasuna-Logroñés… mientras sus compañeros de mesa aguantábamos la risa hasta congestionarnos. Eran otros tiempos, desde luego.

Foto de Emilio Garcia.

El periodismo todavía no había adquirido el rango burocrático que tantas veces hoy le atenaza, de modo que sus representantes, miembros de la generación que retrató la Transición y sus vísperas, nos guiaban a los recién llegados por aguas más turbulentas que las actuales. De aquel tiempo de novato en el oficio de fotógrafo, y de las enseñanzas de su maestro Teo, le llegaron a Emilio los rasgos distintivos de su genio: el olfato, el don de la oportunidad, la intuición para situarse en el momento justo en el sitio preciso. Porque el fútbol, en realidad, a Emilio le interesaba poco. Yo creo que lo entendía como el estímulo para peregrinar por media España siguiendo al Logroñés, guiñarle un ojo a la cámara y procurar entregar esas fotos que aún nos siguen contando tantas cosas de él. Y todas buenas. Porque nos remiten a su singular estilo: yo reconocería una foto de Emilio entre millones. No porque fueran mejores o peores, sino porque eran suyas. Eran distintas. Pertenecían a esa religión casi desaparecida cuyo primer mandamiento era el que sigue: si alguna vez acertaba retratando la foto del gol definitivo, ese mítico gol de la victoria en el último minuto, nunca debía verse el balón en la malla, puesto que para él representaba siempre un estorbo. Un bulto sospechoso que nada añadía a la imagen. La imagen tópica de la pelota besando la red era de mal gusto.

Foto de Emilio García.

A Emilio, del balón sólo le gustaba su ausencia. La excusa para pelearse al día siguiente con ese jefe de talleres de cuyo nombre no quiero acordarme.

 

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