Una de miedo en el Manzanares

 

Cómo quedarse solo en el Calderón hoy moribundo: relato de un domingo muy raro, con atentado fallido de ETA y derrota del Logroñés, como tributo al viejo estadio que aguarda la piqueta

Por Jorge Alacid (@JorgeAlacid1)

 

Aquel redactor jefe tenía sentido del humor.

– El partido acabará hacia menos cuarto. ¿Hasta cuándo tengo tiempo de enviar la crónica?

– Hasta y media.

 

¿Y media? ¿Un cuarto de hora antes de que acabara el partido, debía tener conectado el módem, cruzar los dedos, rezar a los dioses de la linotipia y enviar la crónica adivinando mediante algún poder mágico del que carecía lo que sucediera en el último cuarto de hora?

– Lo has acertado.

Aquel redactor jefe tenía sentido del humor.

 

Luego, la cháchara propia de los prolegómenos del partido le ablandó el corazón que se supone que tenía y concedió quince minutos de regalo: si el partido acababa hacia menos cuarto, la crónica debía enviarse a la hora en punto. No sé qué de la rotativa, no sé qué de una huelga en talleres, no sé qué de blablabla.

– Sin problemas, jefe. La crónica estará a la hora en punto.

– No lo dudes. Y colgó el teléfono.

 

Taxi hasta el Manzanares. Con dos horas de antelación: me gusta el olor del estadio antes de empezar un partido. Huele a derrota. Sobre todo, si juega el Logroñés. Dejamos atrás la plaza de España, combatimos el bochorno bajando la ventanilla, estamos a punto de cruzar el río… Atasco. Atasco grandioso. No se mueve nadie. El conductor pone la radio a todo volumen: sí, desde luego es un taxista madrileño. Sí, por supuesto: escucha la Cope. José María García machaca desde el estudio al redactor enviado al Vicente Calderón porque el hombre no se entera, “que no te enteras, fulano, por favor”. Balbulcea el aludido algo sobre ETA. ¿ETA? Un atentado de ETA irrumpe en el carrusel de la Cope o como se llamara aquel programa. García pasa al ataque, su redactor quiere arrojarse al Manzanares, nadie entiende nada. Un momento: el taxista dispone de información de primera mano. Radiotaxi al habla. Centralita. Un coche bomba acaba de estallar junto al estadio. Dos policías heridos. Bah, poca cosa. No se teme por sus vidas.

 

Desde el taxi se divisa una columnita de humo. Arrecia el bochorno.Todo el paisaje adquiere un aire irreal. Decido apearme y recorrer andando el trayecto que resta, un infame despoblado entre la nada y ninguna parte. Avanzo a pie hacia los primeros edificios de ladrillo caravista que se alzan al otro lado de la M-30, donde acampan: a), una noria; b), un barquillero; c), unos autos de choque con su correspondiente escudería de macarras. Pandilleros tatuados y suburbiales, que apuran los restos de San Isidro y miran alucinados (un poco pedos) hacia la zona acordonada por la policía.

– Soy periodista, señor agente. ¿Puedo cruzar hasta el estadio?

 

Giro de cuello en dirección al Calderón. El agente chulapo no se digna a contestar verbalmente: le vale el lenguaje gestual; otro colega suyo levanta a mi paso la cinta del cordón policial y cruzo caminando la M-30: está cortada al tráfico. El tipo se explica mal, pero se explica: dos compañeros heridos, sí, pero poca cosa. Han tenido suerte, sí. Les daba yo a esos hijos de puta. Y acaricia el lomo del subfusil.

 

David Vidal dirigió al Logroñés desde el banquillo aquella tarde en el Calderón.

 

El partido no se suspende. Me informa de semejante pormenor una amable joven vestida de rojo y blanco, quien tutela el ingreso de la prensa en el estadio y reparte sonrisas y una revistilla. El vicepresidente del Atleti, un tal Lázaro (cabellera rala, caracolillos en la nuca: aspecto de jugador de póker) confraterniza con los periodistas y avala el dictamen de la azafata. No, el partido no se suspende. ¿Por qué se iba a suspender? ¿Porque ETA acaba de cometer un atentado a unos pocos metros al que han sobrevivido milagrosamente dos policías? ¿Porque Atleti y Logroñés podían celebrar su partido cualquier otro día? ¿Porque así le avisaría yo al redactor jefe para decirle que le mando la crónica con dos horas de adelanto y que viese que yo también tengo sentido del humor?

 

Hay días raros. Días que amanecen raros. Días raros por la mañana y por la tarde. Y también de noche.

 

Y luego estaba ese día: 24 de mayo de 1992.

 

Ingreso en el estadio. Calientan los futbolistas junto a la banda, David Vidal conversa con un tipo. Es este caballero que ahora viene hacía mí y me pregunta mi nombre. Cuando se lo digo, asiente. “Me he imaginado que eras tú”. En los tiempos anteriores a internet, uno tenía que afilar el olfato. Y como se deduce, aquel tipo lo tenía bien afilado. Lo necesitaba. Trabajaba de representante de futbolistas, en la serie B del fútbol, pero acababa de pillar un mirlo blanco. Era incapaz de contenerse: la información le salía por cada poro. “Váis a tener noticias mías en Logroño este verano”. Yo hacía como que no me interesaba lo que pudiera contarme. Pero fingía mal. “Está cerrado, casi cerrado”. Me encojo de hombros. En fin: como no se podía resistir, empieza a darme pistas. “A Vidal le gusta desde que el Logroñés jugó contra su equipo la Copa del Rey”. Un pasatiempo divertido para entretener la espera hasta el pitido inicial. Nadie se acordaba ya de ETA. Estrujando el magín, acaba por brotar cierto indicio. “¿Centrocampista, rubio, bajito, buen manejo del balón, futbolista de clase todavía jovencito?”, pregunto de carrerilla. Bingo. “¿Juega en el Castellón?”, lanzo otra vez un tiro al aire. El tipo asiente como uno de esos perrillos que decoraban el asiento de atrás de los coches: sí, sí, sí.

 

Gaizka Mendieta será jugador del Logroñés la próxima temporada.

 

Como era un día tan raro, creo que no llegué a publicarlo. Las primicias envejecen mal.

 

Abrasa el sol, los jugadores vuelven a su camerino, los periodistas nos repartimos por nuestras butacas como los pioneros del Everest: tenemos que hacer cumbre para enchufar aquel vejestorio de ordenador, cruzar los dedos hasta escuchar el ruidito del módem (mariposas en el estómago) y que empiece el partido. Contra la norma habitual, decido ir escribiendo la crónica mientras avanza el juego. Pienso en Miguel Delibes. “La literatura es como el periodismo pero sin el apremio del cierre”.

 

 

He olvidado qué ocurrió después. Un partido sin historia, con ese aire de pretemporada de cuando la Liga ya acaba y los protagonistas de la función se pasan la tarde mirando el reloj. Sesteando. Habrá visto usted pachangas más combativas. Luego me contarían que en el banquillo del Logroñés se pasaron los noventa minutos comiendo cerezas. Lo recuerdo hoy y me río: odio eterno al fútbol moderno.

 

Pero no olvido lo que sucedió a continuación.

 

Existe una enfermedad llamada perfeccionismo. Ataca a diversos tipos de profesionales. También se extiende entre los periodistas. Vea usted a esos señores aupados a la tribuna de prensa de un estadio que empieza a vaciarse. Son unicornios azules, capaces de extasiarse ante un punto y coma, la elegancia de un paréntesis. Detectan como nadie la música callada que encierra a veces el adjetivo definitivo, el que da sentido a todo el artículo. Cabecean mientras esperan que la inspiración perfume sus caletres y acierten con la frase final. Unos caballeros que soportan mal que un redactor jefe con su propio sentido del humor les ampute esos minutos de poesía. Suena la música del módem, avanza el reloj hacia la hora en punto. La crónica debe ser una partitura. Aquí los metales, allá la sección de viento. Cada palabra debe tocar una cuerda interior en el ánimo del lector. Fanfarria. Redoble de tambor, la melodía se va acercando hacia nuestros corazones.

 

Punto. Punto final. Bip bip, responde el módem. El artículo acaba de llegar a su destino. A su hora en punto.

 

Enhorabuena.

 

Te has quedado solo en el Vicente Calderón.

 

No importa. Saboreas el delicioso cierre de la temporada, el atardercer fresquito, remotísima la bomba de ETA. Guardas el ordenador en el maletín, recoges tus cosas, repasas mentalmente si te has olvidado de mencionar aquella filigrana de Quique Setién, apuntas lo de Mendieta. Vas hacia la primera puerta. No abre. Caminas por el pasillo de la tribuna. Siguiente puerta. Cerrada. Nuevo paseo, sudando. Tercera puerta. Tampoco abre. Hacia tu derecha se ve el palco: seguro que queda algún boina recogiendo copas y vitolas de habano. Pero no. No hay nadie. Entras en el palco como si fueras Jesús Gil. Al fondo, otra puerta. Abierta. Por fin. Se asoma a un pasillo interminable. Un vacío infinito. Y haces en consecuencia lo que tenías que haber hecho mucho antes: gritar.

 

Como López Vázquez en ‘La Cabina’. Nadie te contesta.

 

Caminando a toda prisa, chorreando sudor (y un poco de canguelo) decides lo que tenías que haber hecho mucho antes: correr. Correr gritando. ¿Qué se grita en esas circunstancias? “Aquí, aquí”. Como los náufragos. Bajas por las escaleras que llevan a nuevas puertas cerradas, aprovechas alguna que sí está abierta para seguir corriendo sin parar de gritar (¿O era al revés?) y apartas las malvadas ráfagas de pensamientos que se cruzan a tu paso. Pasar la noche en vela en el Calderón, ser asaltado en los lavabos por hinchas del Frente Atlético, acabar en el jacuzzi de Jesús Gil saludando para Tele 5.

 

“Aquí, qué”. Mis plegarias han tenido respuesta. De la nada surge un empleado del club vestido como figurante de una zarzuela. Habla como si entonara un chotis. Quiero besarle pero me contengo. Recompongo mi atuendo, espanto el terror, aparento normalidad. “¿Se puede saber a qué vienen tantos gritos?”, pregunta silabeando mucho, sin esperar respuesta. Abre la puerta fetén, la que conecta con la escalera mágica que conecta con la sala de prensa que conecta con el túnel de la M-30. Veo la noria de San Isidro allá donde estalló el coche bomba. La gente come algodón de azúcar, tan pichi.
Creo que he invertido más tiempo en escribir todo esto de lo que tardé en escapar del Calderón.

 

Carlos Aimar, entrenador argentino de fútbol del Club Deportivo Logroñés, da un golpe de ánimo en el pecho a Abadía al comienzo del partido Atlético de Madrid – Logroñés, en la temporada 1992-1993.

 

Al que luego volví. En diciembre de ese mismo año, el memorable 1992. Comenzaba la segunda etapa de Carlos Aimar en el banquillo, recién destituido Vidal, un frío tenebroso propio del final del otoño. Victoria mínima, gol de Abadía de penalti (de Abel sobre Amarildo). Los gritos de euforia en la caseta del Logroñés sonaban todavía en el taxi atascado por el tráfico a la altura de Neptuno. Bonita metáfora.

Y volví para ver en directo el último gol de Ronaldinho en España, qué cosas: una chilena de videojuego. Y volví desde luego a asomarme por la televisión al estadio que ahora derriba la burbuja inmobiliaria, esa que se suponía que ya era historia. Odio eterno al fútbol moderno.

 

Aficionados atléticos disfrutan del partido de despedida del estadio Vicente Calderón “Final de Leyenda”, un encuentro amistoso disputado en Madrid en el que jugaron diferentes generaciones de jugadores del Atlético de Madrid contra otras leyendas del fútbol internacional. EFE/Mariscal

 

Hay cosas que no se entienden. Demoler Las Gaunas, Atocha, San Mamés, ahora el Manzanares: el material con que estaban edificados nuestros sueños. Me dijo una vez Rafael Azcona que cuando había fútbol desde Logroño por la tele se acercaba a la pantalla para ver si le sonaba alguna cara de entre el público. Yo hacía algo parecido cuando televisaban partidos desde el Calderón: a ver si atinaba a localizar el asiento donde pasé los minutos más largos de mi vida. Los minutos que nunca volverán, los recuerdos que ya se esfuman. Aquel redactor jefe llegó a director del periódico. Yo sin embargo todavía sueño que sigo encerrado en el Manzanares.

 

 

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